El espejismo de los 22 millones: propaganda frente a realidad



En un país donde millones de ciudadanos hacen malabares para llegar a fin de mes, resulta difícil no sentir una mezcla de perplejidad e indignación ante el triunfalismo del Gobierno. La reciente puesta en escena del presidente Pedro Sánchez, celebrando los “22 millones de afiliados” a la Seguridad Social como si se tratara de un gol en la final de un Mundial, no es solo un gesto de marketing político: es la confirmación de una preocupante desconexión con la realidad.

Porque no, no todo vale. No es lo mismo afiliados que afiliaciones. No es lo mismo empleo real que suma de contratos. Y cuando incluso desde el propio Ejecutivo se matizan o corrigen estos datos, la sensación que queda no es de fortaleza, sino de artificio. De relato construido. De estadística estirada hasta el límite para sostener un discurso que cada vez encaja peor con la vida cotidiana de los españoles.

Mientras tanto, la realidad sigue siendo tozuda. España arrastra el mayor deterioro del poder adquisitivo en décadas. Los precios de los alimentos se han disparado cerca de un 38% desde 2018 y la inflación acumulada supera el 20%, según el Instituto Juan de Mariana. Frente a ello, los salarios reales apenas han avanzado. Traducido: trabajar hoy permite vivir peor que hace unos años.

Ese es el verdadero balance. No las camisetas, no los eslóganes, no los vídeos cuidadosamente editados para redes sociales.

El problema ya no es solo económico, es profundamente político y moral. Porque mientras las familias pierden capacidad de compra, el Estado recauda más que nunca gracias al efecto silencioso de la inflación. No deflactar el IRPF ni ajustar las cotizaciones no es una decisión técnica: es una elección política. Y es, además, una forma de aumentar la presión fiscal sin asumir el coste de explicarlo.

A esta situación se suma una alarmante parálisis. Durante años, el Gobierno optó por minimizar la inflación, cuando no ignorarla. Y cuando finalmente reaccionó, lo hizo tarde, mal y de forma insuficiente. Hoy, la falta de reformas estructurales, las tensiones internas y los escándalos en su entorno han desembocado en un Ejecutivo más preocupado por resistir que por gobernar.

España no necesita relatos épicos ni celebraciones prematuras. Necesita rigor, transparencia y medidas eficaces. Necesita que se hable claro: cuántos empleos reales se crean, qué calidad tienen, cuánto han perdido realmente los ciudadanos y qué se piensa hacer para revertirlo.

Porque la inflación no entiende de propaganda. No distingue ideologías. No se combate con cifras infladas ni con gestos simbólicos. Se combate con políticas serias, con anticipación y con respeto a los ciudadanos.

Y ese respeto empieza por no confundirlos.


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