El doble rasero mediático: cuando la libertad de expresión se decide por conveniencia política

 



El pasado 6 de abril denuncié unos hechos que, en cualquier sociedad que aspire a la coherencia, deberían haber provocado una respuesta clara y unívoca: los gritos de algunos individuos durante el partido contra Marruecos en los que se hacía referencia a la religión musulmana. Entonces, el diagnóstico fue inmediato: delito de odio, condena rotunda, necesidad de sanción ejemplar.

https://dondevuelvenlossuenos.blogspot.com/2026/04/delito-de-odio-o-simple-cantico-la-fina.html

Días después, en la final de la Copa del Rey, el escenario se repite con mayor intensidad y con un número muy superior de participantes: pitos ensordecedores, gritos, desprecio explícito a símbolos compartidos como el himno regional. Y, sin embargo, el relato cambia. Lo que antes era intolerable pasa a ser “libertad de expresión”. Lo que antes exigía castigo, ahora se diluye en justificaciones.

No es una contradicción menor. Es un doble rasero evidente.

Y cuando ese doble rasero se repite, deja de ser un error para convertirse en una pauta. Aquí no estamos ante una simple diferencia de matices jurídicos, sino ante una intencionalidad política clara en el tratamiento mediático de los hechos. Se etiqueta con dureza aquello que encaja en un determinado marco ideológico y se suaviza —o directamente se blanquea— lo que resulta incómodo condenar.

El papel de los medios, y especialmente de la televisión pública, es aquí determinante. Cuando un medio financiado por todos decide calificar unos hechos como delito de odio y otros como una manifestación legítima, no está describiendo la realidad: la está interpretando en clave ideológica. Y eso tiene consecuencias.

Porque lo que se transmite a la sociedad es que no todos los comportamientos son juzgados por igual, que no todos los símbolos merecen el mismo respeto y que no todas las ofensas reciben la misma respuesta. En otras palabras: que el criterio no es jurídico ni ético, sino político.

Especialmente grave resulta el episodio de los pitos al himno regional. No se trata de una crítica articulada ni de una protesta razonada, sino de un acto de desprecio colectivo hacia una comunidad. Defender que esto entra sin más dentro de la libertad de expresión es, como mínimo, una simplificación interesada. La libertad de expresión no puede convertirse en un refugio selectivo que se invoca o se ignora según convenga.

Y conviene decirlo con claridad: no todo vale. No todo puede justificarse en nombre de la expresión individual cuando lo que se produce es una descalificación masiva de símbolos compartidos. Una sociedad madura establece límites, y esos límites deben ser iguales para todos.

Por eso, en ambos casos —los cánticos del partido contra Marruecos y los pitos en la final de la Copa del Rey— la respuesta debió ser la misma: contundente, inmediata y sin matices interesados. Incluso con medidas excepcionales como la suspensión del partido si la situación lo requería. No hacerlo lanza un mensaje de permisividad que solo contribuye a agravar el problema.

El fútbol, que debería ser un espacio de encuentro, se está convirtiendo en un campo de batalla simbólico donde todo depende de quién grita y contra quién. Y mientras tanto, los medios —lejos de actuar como árbitros imparciales— participan en la construcción de un relato que legitima unos comportamientos y condena otros.

La coherencia no es opcional. Es la base de la credibilidad. Y cuando se pierde, lo que queda no es pluralidad ni libertad, sino arbitrariedad disfrazada de criterio.

Si de verdad se quiere defender la convivencia, el respeto y la igualdad, el primer paso es aplicar las mismas reglas en todos los casos. Sin excepciones. Sin cálculos. Sin intencionalidad política.

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