De eludir responsabilidades al “sablazo silencioso”. La política sin responsabilidad.



En democracia, gobernar implica algo más que resistir: exige asumir responsabilidades, dar explicaciones y mantener coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Sin embargo, el mandato de Pedro Sánchez se caracteriza para sus críticos, por una preocupante deriva en sentido contrario: ausencia de autocrítica, cambios de posición constantes y una tendencia reiterada a desplazar la culpa hacia otros.

Uno de los rasgos más señalados es la falta de asunción de responsabilidades políticas. Ante escándalos, errores de gestión o decisiones controvertidas, el patrón ha sido repetitivo: minimizar los hechos, desviar la atención o atribuir la culpa a adversarios políticos, jueces, medios de comunicación o incluso a la oposición en bloque. Esta forma de actuar no solo degrada el debate público, sino que proyecta una imagen de liderazgo evasivo.

Especialmente llamativo resulta el cambio de discurso respecto a la corrupción. El mismo líder que en la oposición hizo de la regeneración democrática una bandera ha adoptado, desde el poder, una actitud mucho más flexible cuando los casos afectan a su entorno político, particularmente al entorno del Partido Socialista Obrero Español. Esta doble vara de medir debilita su credibilidad y alimenta la percepción de oportunismo político.

En este contexto se enmarcan decisiones especialmente controvertidas, como los indultos a los condenados por el Referéndum ilegal de independencia de Cataluña de 2017, una medida que Sánchez había rechazado con contundencia en el pasado. A ello se suman los beneficios penitenciarios y acercamientos a presos vinculados a ETA en el marco de acuerdos parlamentarios con EH Bildu, lo que ha sido interpretado por amplios sectores como una forma de blanqueamiento político difícil de justificar moralmente.

Sin entrar en el terreno judicial —donde deben ser los tribunales quienes determinen responsabilidades—, lo cierto es que la gestión política de estas situaciones vuelve a seguir el mismo patrón: silencio, minimización o confrontación con quien pregunta.

Este comportamiento resulta especialmente delicado cuando las sospechas o investigaciones afectan al entorno más cercano del poder. En los últimos tiempos, las informaciones sobre casos que salpican al entorno familiar del presidente, a su esposa — a su esposa, imputada en cinco delitos, ni más ni menos—, y a su hermano, así como distintos episodios de personas vinculadas al Partido Socialista Obrero Español, la condena del Fiscal General del Estado, han intensificado la sensación de que no existe una voluntad real de dar explicaciones completas y transparentes.

Tampoco han pasado desapercibidas las decisiones relativas a los condenados por el Caso ERE de Andalucía, donde los movimientos del Ejecutivo han generado una fuerte polémica sobre la igualdad ante la ley y el respeto a las resoluciones judiciales.

La incoherencia entre el discurso del pasado y las decisiones presentes es otro de los ejes centrales de crítica. Desde la política territorial hasta los pactos parlamentarios, pasando por la gestión económica o institucional, Sánchez ha modificado posiciones clave que antes defendía con firmeza. Este cambio constante no se percibe como evolución política, sino como adaptación estratégica para mantenerse en el poder.

Pero hay un terreno donde la política deja de ser discurso y se convierte en realidad inmediata: la gestión de las crisis.

Porque España ha vivido en los últimos años episodios especialmente duros: la erupción volcánica de  La Palma de 2021, sucesivos temporales de DANA, el más duro de ellos en Valencia, incendios forestales devastadores en distintas comunidades y accidentes como el de Adamuz.

En todos estos casos, más allá del trabajo incuestionable de los servicios de emergencia, fuerzas de seguridad y administraciones locales, la mirada pública se dirige inevitablemente al Gobierno.

Y ahí es donde surge una crítica recurrente: la sensación de que la respuesta política no siempre ha estado a la altura del impacto emocional y social de estas tragedias.

No se trata solo de recursos o competencias.

Se trata de liderazgo.

De presencia inmediata.
De cercanía real con los afectados.
De claridad en la información.

Y, sobre todo, de asumir responsabilidades cuando algo falla o cuando la respuesta no es suficiente.

Sin embargo, la percepción que se ha instalado en parte de la opinión pública es otra: una gestión más centrada en el control del mensaje que en la conexión directa con la realidad de quienes sufren las consecuencias.

En momentos donde el país necesita certezas, la comunicación medida, distante o excesivamente estratégica puede interpretarse como frialdad.

Y en política, esa percepción pesa tanto como los hechos.

A nivel internacional, ciertas posiciones han contribuido, según sus detractores, a un progresivo aislamiento diplomático de España. La insistencia en determinadas posturas ideológicas sin el necesario pragmatismo ha reducido la capacidad de influencia del país en escenarios clave.

Pero quizás el elemento más preocupante no sea cada una de estas decisiones por separado, sino el patrón que dibujan en conjunto: un liderazgo que evita el coste político de sus actos, que transforma sus principios según convenga y que responde a la crítica no con argumentos, sino con confrontación.

Una democracia sólida no solo necesita elecciones libres, sino también gobernantes que rindan cuentas de manera clara y constante. Cuando esa rendición de cuentas se diluye, el problema deja de ser partidista y se convierte en estructural. Ese es, precisamente, el debate de fondo que hoy atraviesa la política española.

Pero en los últimos días hemos visto algo casi simbólico —y profundamente revelador— en ver a Pedro Sánchez luciendo la camiseta de la selección española justo cuando comienza la campaña de la renta y de lo que ya he hablado en otro artículo, pero es necesario insistir, porque los ciudadanos pagan más impuestos sin percibir mejoras.

La imagen busca transmitir unidad, esfuerzo colectivo, orgullo compartido.

Pero la realidad que viven millones de españoles es otra muy distinta.

Desde el 8 de abril, más de 25 millones de contribuyentes están llamados a rendir cuentas con Hacienda. Y no es una campaña más.

El Estado prevé recaudar cifras récord: más de 24.600 millones de euros, un incremento notable respecto al año anterior. En paralelo, la presión fiscal sigue creciendo hasta niveles históricamente altos.

El mensaje oficial habla de facilidades, asistencia y normalidad.

Pero los números cuentan otra historia.

Porque buena parte de ese aumento no viene de grandes reformas visibles, sino de una estrategia mucho más discreta: no ajustar el IRPF a la inflación.

¿El resultado?

Millones de ciudadanos pagan más impuestos sin haber mejorado realmente su poder adquisitivo.

Un incremento silencioso. Sin anuncios. Sin titulares.

Un sablazo invisible.

https://dondevuelvenlossuenos.blogspot.com/2026/04/pedro-sanchez-la-camiseta-de-la.html

Mientras tanto, la recaudación total del Estado sigue marcando máximos históricos, y el contribuyente medio enfrenta un escenario cada vez más exigente para llegar a fin de mes.

Así pues, la política actual parece cada vez más centrada en el símbolo: la foto, el gesto, el mensaje.

Pero hay una distancia creciente entre esa imagen y la experiencia cotidiana de los ciudadanos.

La camiseta representa equipo.

La declaración de la renta, no.

Ahí no hay narrativa.
No hay épica.
No hay discurso.

Solo números.

Y esos números dicen que se recauda más, que cada vez más personas pagan, y que muchos lo hacen sin estar mejor.

Por eso, el problema ya no es únicamente político.

Es estructural.

Porque cuando un Gobierno evita asumir responsabilidades —también cuando las sospechas apuntan hacia dentro—, cambia su discurso según convenga y, al mismo tiempo, incrementa la carga fiscal de forma silenciosa, la confianza se erosiona.

Y sin confianza, la democracia se debilita.

En definitiva, quizá todo se reduzca a una imagen.

Un hombre con una camiseta roja, sonriendo ante las cámaras, apelando subliminalmente  a un “nosotros” que suena bien, que reconforta, que invita a creer que seguimos jugando el mismo partido.

Pero hay otra escena, mucho menos visible.

Un hombre —o una mujer— sentado en la mesa de su casa, en silencio, frente a una pantalla. No hay cámaras. No hay símbolos. No hay equipo.

Solo cifras.

Revisa, duda, suspira.

Y, en algún rincón de su cabeza, se cuela otra idea incómoda: que mientras a unos se les exige hasta el último céntimo, otros parecen moverse en una zona gris donde las explicaciones nunca llegan del todo.

Sabe que, diga lo que diga la foto, el resultado ya está decidido.

No hay árbitro al que protestar.
No hay rueda de prensa.
No hay relato que lo cambie.

Cierra el documento.

Y por un instante, antes de levantarse, entiende algo que no necesita explicación:

que en este partido, hace tiempo que dejó de ser jugador.

Y pasó a ser, simplemente, quien paga la entrada.

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