SERIE . "Carretera hacia el azul infinito. Cuando el viaje es la excusa" -
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Capítulo 4
El mercado, el mulo y la huida
Ravello
Aquella mañana decidimos subir a Ravello.
La carretera se enroscaba sobre la montaña con esa mezcla de belleza y tensión que ya empezábamos a conocer. Cada curva abría un balcón nuevo sobre el mar, y Mari Cruz, a mi lado, no dejaba de señalar miradores, jardines y casas colgadas de la roca.
— Si seguimos parando en cada curva, no llegaremos nunca — me dijo riendo.
Quizá tenía razón.
Cuando por fin alcanzamos Ravello, entendimos enseguida que algo pasaba. El pueblo estaba lleno. Demasiado lleno. Coches buscando hueco, turistas caminando con bolsas y un bullicio poco habitual para un lugar que normalmente parece suspendido en el tiempo.
Era día de mercado.
Intentamos entrar en el centro. Imposible. Las calles estaban tomadas por puestos de frutas, quesos, telas y voces que se cruzaban en italiano rápido. Los coches avanzaban a paso de procesión.
En medio de todo aquello, un policía dirigía el tráfico con una teatralidad digna de una vieja película italiana. Brazos en alto, silbato, gestos exagerados. A pocos metros, una señora discutía con él junto a su pequeño Fiat Panda mal aparcado.
No entendíamos casi nada de lo que decían, pero la escena era tan expresiva que tampoco hacía falta.
— Creo que hemos llegado justo el día equivocado — susurró Mari Cruz.
Decidimos rendirnos. Ravello tendría que esperar.
Seguimos la carretera unos minutos más hasta Scala, el pequeño pueblo que vive justo encima, más tranquilo, más discreto. Aparcamos como pudimos y caminamos hacia la plaza.
Y entonces apareció una escena que parecía sacada de otro siglo.
Pasó frente a nosotros como si aquello fuera lo más normal del mundo. Quizá lo era.
Mari Cruz me miró divertida.
— Esto no sale en las guías de viaje.
Nos quedamos unos minutos observando la vida del pueblo: vecinos hablando en la puerta de una tienda, una terraza con tres mesas ocupadas, el silencio tranquilo de los lugares que no necesitan llamar la atención.
Cuando volvimos al coche descubrimos el pequeño problema: no habíamos visto el parquímetro.
En ese momento apareció en nuestra imaginación la escena inevitable: la grúa llevándose el coche mientras nosotros intentábamos explicar en un italiano improvisado que solo habíamos estado “un momento”.
Mari Cruz me miró.
— Creo que es buen momento para irnos.
No discutí.
Arrancamos con una rapidez bastante poco contemplativa para estar en la Costa Amalfitana y abandonamos Scala antes de que alguien decidiera que nuestro coche merecía una excursión municipal.
Mientras la carretera volvía a serpentear hacia la costa, Mari Cruz soltó una carcajada.
— Al final Ravello no lo hemos visto.
— No — le dije —. Pero el mercado, el policía, la señora del Panda y el hombre del mulo… esos no se olvidan.
Y pensé que, muchas veces, los viajes no se recuerdan por lo que visitas.
Sino por lo que te pasa mientras intentas hacerlo.
El próximo fin de semana os contaré el final de nuestro viaje. Espero que os guste.
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Me encanta esta serie. Preciosa historia y muy bien narrada. Esperando el siguiente!!
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