SERIE . "Carretera hacia el azul infinito. Cuando el viaje es la excusa" - marzo 7, 2026


 

Capítulo 3 – El Encanto de Positano

Salimos temprano hacia Positano, y la carretera ya nos recibía con su habitual mezcla de vértigo y belleza. Mari Cruz, a mi lado, parecía flotar sobre el asiento. 

Su risa se mezclaba con el murmullo del mar, y yo solo podía mirarla, maravillado por cómo convertía cada curva, cada casa encalada, en un instante luminoso.

Nos detenemos en miradores imposibles. El mar azul, los acantilados y las casas que se trepan unas sobre otras nos regalan postales imposibles de olvidar. Mari Cruz señala un jardín lleno de buganvillas y me dice:

— ¡Mira cómo parece un cuadro! 


La veo, y pienso que ella es como un cuadro que se mueve. Cada gesto suyo ilumina el paisaje más que el sol. Paseamos por las callejuelas empedradas, subimos y bajamos escaleras interminables, cada esquina nos sorprende con tiendas diminutas, colores vivos y aromas de pan recién horneado. 

Llegar fue como cruzar una meta invisible.

Nuestra habitación tenía terraza abierta al Tirreno. Amalfi y Positano se dibujaban a lo lejos.

Al caer la tarde, nos sentamos en un banco frente al mar. Ella se apoya en mi hombro y, mientras el cielo se tiñe de violeta, siento que Positano no es solo un lugar, sino un instante que nos pertenece a los dos.

Esa noche celebrábamos 34 años de matrimonio.

Cenamos en La Moressa.

El postre fue Delizia al Limone.

Hay detalles que no se cuentan. Se guardan.

Al día siguiente, despertamos con la luz dorada filtrándose por la ventana. Mari Cruz ya está lista antes que yo, con esa energía que parece contagiar al día entero. Decidimos que hoy no habrá carreteras, ni curvas vertiginosas: solo nosotros y la playa.

Marina di Praia nos recibe como siempre. Carlo nos guía a nuestras hamacas y, mientras Mari Cruz se recuesta y cierra los ojos disfrutando del sol, yo me pierdo mirando la transparencia del agua, que parece pintada a mano.




Entre baños, risas y conversaciones susurradas bajo la sombrilla, la mañana se estira hasta la hora de comer

Al mediodía comimos en un restaurante sobre el mar. Cocina sencilla, honesta, con sabor a limón en cada plato. Nos reciben un una amplia sonrisa  y Mari Cruz agradece cada detalle con esa delicadeza que convierte lo cotidiano en mágico.

Por la tarde, caminamos por la orilla, recogiendo conchas, dejándonos llevar por la marea y la brisa. La luz se vuelve suave, y yo pienso que estos días no son solo vacaciones: son un modo de detener el tiempo. Mari Cruz me toma la mano, y siento que nada más existe que esta playa, este mar y nosotros dos.

Esa noche cenamos en Il Pino.

Y entonces apareció Antonio.

Un camarero veterano que interrumpió el servicio para cantar ópera dedicando canciones a cada mesa. Nunca una cena fue tan divertida.

Mañana subiremos a Ravello… o lo intentaremos.

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