SERIE. "Carretera hacia el azul infinito. Cuando el viaje es la excusa".
Capítulo 2
La carretera empieza donde terminan las prisas.
Salimos de Tarquinia temprano.
El aire aún era fresco y el día prometía calor.
Bajé la capota sin decir nada.
Mari Cruz me miró y sonrió.
— Así sí empieza un viaje.
Y tenía razón.
Conducir hacia el sur es como ir soltando capas.
Primero Terracina.
Después Sperlonga, blanca, luminosa frente al mar.
Nos detuvimos unos minutos. Ella se apoyó en el muro que daba al Mediterráneo y se quedó mirando el horizonte.
— No necesitamos mucho más que esto, ¿verdad?
No respondí enseguida. La miré a ella. Pensé que después de tantos años lo más importante es precisamente eso: poder mirar juntos en la misma dirección.
Seguimos hacia Gaeta. Comimos en un restaurante sencillo, sin pretensiones. Vino frío. Conversaciones en italiano alrededor. Vida real. Me gusta cuando el viaje empieza así, sin espectáculo.
El Vesubio apareció al fondo cuando bordeábamos Nápoles. Inmenso. Silencioso.
— Ahí está — dijo ella.
Y algo dentro de mí entendió que lo importante no era el volcán.
La primera curva de la Costa Amalfitana siempre impresiona.
La carretera se estrecha.
El mar aparece abajo, intensamente azul.
Las montañas se levantan casi verticales.
Agarré el volante con más atención.
Mari Cruz apoyó la mano en mi pierna.
— Tranquilo. Vamos juntos.
No hablaba solo de la carretera.
Llegamos a Praiano al atardecer. Sin ruido. Sin exhibiciones.
Un pueblo que no necesita demostrar nada.
Desde la terraza del hotel el Tirreno parecía inmóvil.
Esa noche cenamos celebrando treinta y cuatro años.
No hicimos discursos.
Solo brindamos.
Y mientras la miraba, entendí que no habíamos venido solo a recorrer la costa.
Habíamos venido a confirmar que, después de todo este tiempo, todavía me sigue emocionando que camine a mi lado.
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El próximo sábado os hablaré de Praiano, nuestra residencia en la amalfitana.




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