La ciudad que no quiere ruidos. Cuando el juego infantil deja de ser parte de la vida para convertirse en una molestia
(Imagen creada con IA)
Ayer, al entrar en el portal de mi casa, presencié una escena que no me gustó nada.
Dos personas, mayores, reprendían a dos niños —uno de unos 10 años y el otro de unos 6, aparentemente hermanos— por jugar al fútbol en la plaza. La pelota era de goma. Al poco, un adulto —que supuse era su padre— salió en su defensa.
Se entabló una discusión entre los tres adultos. Sin gritos ni estridencias, eso sí. Los niños escuchaban en silencio, respetuosos, como si ya hubieran aprendido que jugar también puede ser motivo de conflicto.
Aquella escena me llevó a una reflexión.
En una época marcada por la hiperconectividad, la sobreprotección y la creciente urbanización, el juego libre en la calle —ese que generaciones anteriores vivimos como parte esencial de nuestra infancia— se ha convertido en un acto casi incómodo. Y, sin embargo, no se trata solo de una actividad deseable, sino de un derecho reconocido internacionalmente y de una responsabilidad que los adultos deberíamos garantizar.
La Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada por la ONU en 1989 y ratificada por más de 190 países —entre ellos España—, establece en su artículo 31 el derecho de los niños “al descanso, al juego y a las actividades propias de su edad”. No es un lujo. Es una necesidad para su desarrollo físico, emocional, social y cognitivo.
Y aun así, cada vez parece más difícil que los niños puedan ejercerlo.
Durante décadas, las calles fueron el primer patio de recreo. Los juegos que practicábamos en ellas nos enseñaban normas sociales, resolución de conflictos, independencia y convivencia. Hoy, sin embargo, el paisaje es otro: calles ocupadas por coches, espacios públicos cada vez más regulados y una creciente incomodidad hacia todo aquello que no encaje en el orden y el silencio.
Porque, en el fondo, de eso se trata.
Asistimos así a una forma silenciosa de expulsión. Se prohíbe jugar, se limita, se reprende… y poco a poco los niños desaparecen del espacio público. Se refugian en casa, en las pantallas o en actividades completamente dirigidas, donde todo está previsto y nada es verdaderamente libre.
Fomentar el juego libre no es una concesión: es una responsabilidad colectiva. Si un niño no puede jugar en su propio barrio, algo estamos haciendo mal como sociedad.
El derecho a jugar no es una cuestión menor. Es también una forma de ciudadanía. Porque cuando los niños juegan en la calle, la ciudad se humaniza, se llena de matices, de encuentros imprevistos, de convivencia real.
Garantizar ese derecho —y asumir la obligación de hacerlo posible— exige un cambio de mentalidad. Dejar espacio a la infancia no es un retroceso, sino una forma de avanzar hacia una sociedad más sana, más justa y, paradójicamente, más habitable.
Porque cuando una ciudad deja de escuchar a sus niños, empieza a perder algo más que ruido.
Empieza a perder su alma.

Lo que más me llama la atención de estas escenas, que por desgracia son demasiado comunes, es que normalmente esos que riñen o recriminan a los niños que jueguen con la pelota en la calle, se han criado jugando en la calle…
ResponderEliminarEso es así. Entiendo que es así, aunque no creo que se deba a temas cuestiones de edad, sino de "malestar general".
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