El regreso de Mónica Oltra y la medida desigual



Hay algo en los regresos que siempre me ha incomodado.
No en lo que prometen, sino en lo que ocultan.

Con los años he aprendido a desconfiar de esa facilidad con la que la política convierte el pasado en argumento y la memoria en refugio. Como si bastara con haber sido para seguir siendo.

El posible regreso de Mónica Oltra no es solo una noticia. Es una pregunta.

 Y no es menor:  hasta qué punto estamos dispuestos a recordar… y hasta qué punto preferimos olvidar.

En política no todos los regresos son iguales.
Ni todas las caídas pesan lo mismo.

Algunos vuelven con una losa.
Otros, sorprendentemente, vuelven con una coartada.

El caso de Mónica Oltra se sitúa justo en ese territorio incómodo donde la memoria, la ideología y la conveniencia empiezan a confundirse.

Porque no estamos solo ante una figura que reaparece.
Estamos ante la prueba de hasta qué punto somos capaces —o no— de medir a todos con el mismo criterio.

Durante años, Compromís construyó un relato eficaz en la Comunidad Valenciana: el de una política distinta, más limpia, más cercana, más exigente con el poder.

No era solo una propuesta.
Era una superioridad moral implícita.

Y ahí está el punto clave.

Porque cuando alguien se presenta como más exigente que el resto, queda obligado a soportar esa misma exigencia cuando llegan los problemas.

Sin excepciones.
Sin matices interesados.

Pero la realidad rara vez encaja con los discursos.

La causa judicial que afecta a Mónica Oltra ha introducido un elemento que debería ser decisivo en cualquier sistema político serio: la coherencia.

Y, sin embargo, la reacción no ha sido equivalente.

No hemos visto la misma presión.
No hemos escuchado la misma contundencia.
No se ha activado el mismo reflejo de dimisión inmediata que se exige, casi de forma automática, en otros casos.

¿Por qué?

Aquí es donde el discurso se rompe.

Porque si la respuesta depende de quién esté implicado, entonces ya no hablamos de ética pública. Hablamos de afinidad.

Si un político de otro signo ideológico se encontrara en una situación similar, ¿la reacción sería la misma?.¿El silencio sería igual de comprensivo?. ¿La espera judicial sería igual de paciente?

La respuesta, aunque muchos prefieran no formularla, resulta difícil de esquivar.

No se trata de culpabilidad o inocencia.
Eso corresponde a los tribunales.

Se trata de algo anterior: del estándar que aplicamos.

Porque cuando ese estándar cambia según la ideología, lo que se erosiona no es un partido. Es la confianza en que existe una regla común.

Y sin regla común, la política deja de ser exigencia para convertirse en refugio.

Mientras tanto, el relato continúa.

Se habla de regreso.
De oportunidad.
De reconstrucción.

Pero hay una pregunta que sigue ahí, sin responder: ¿se está pidiendo una segunda oportunidad… o se está dando por hecho que nunca hizo falta rendir cuentas como a los demás?

Valencia no necesita indulgencia.
Necesita criterio.

Porque cuando la exigencia depende de quién esté delante, ya no hablamos de justicia, ni de ética, ni siquiera de política.

Hablamos de algo mucho más simple y mucho más peligroso:  de la decisión consciente de no querer medir igual.

Y a partir de ahí, todo lo demás —los discursos, los principios, las promesas— deja de tener valor.

Porque no hay mayor corrupción que esa: la de las reglas que cambian según quién tenga que cumplirlas.


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