El eslogan y la hemeroteca
Por momentos, el discurso de Pedro Sánchez parece pensado para resistir el presente, pero no para sobrevivir al archivo. “No a la guerra” es, sin duda, una consigna eficaz. Lo fue hace dos décadas en las calles y lo sigue siendo hoy en la tribuna política. La diferencia es que ahora quien la enarbola gobierna. Y la hemeroteca, implacable, empieza a hablar.
Porque mientras el Ejecutivo proclama su rechazo a los conflictos armados, los datos oficiales dibujan un cuadro bastante más complejo.
Ahí están los informes de exportación de material de defensa publicados periódicamente por el propio Gobierno. Recogidos por medios como El País, muestran que España ha seguido vendiendo armamento a países de Oriente Medio incluso en contextos de elevada tensión. En septiembre de 2025, ese mismo diario señalaba que las ventas a Israel habían caído desde el inicio de la ofensiva en Gaza, pero “no se frenaron del todo”.
La matización no es menor. Porque introduce una grieta entre el discurso político y la práctica administrativa.
Algo similar ha documentado El HuffPost, que en 2026 apuntaba que el anunciado embargo a Israel no implicó la cancelación de contratos previos ni el fin de determinadas relaciones industriales. Es decir, la medida existió, pero con límites claros. Límites que rara vez aparecen en el titular, pero que la hemeroteca conserva con precisión.
Más allá de Israel, los datos son aún más elocuentes. Informes recogidos por distintos medios —a partir de estadísticas del SIPRI— sitúan a España entre los principales exportadores de armamento del mundo en los últimos años. No se trata de operaciones puntuales, sino de una política industrial sostenida en el tiempo, con ramificaciones económicas y estratégicas profundas.
Y, por si fuera poco, el propio Gobierno ha defendido y ejecutado el envío de material militar a Ucrania desde 2022, en el marco del apoyo europeo frente a Rusia. Una decisión respaldada por buena parte del arco parlamentario, pero difícil de encajar en una retórica simplificada de rechazo absoluto a la guerra.
La conclusión no exige grandes artificios. No hay aquí una revelación oculta, sino una evidencia reiterada: España dice una cosa y hace otra distinta, o al menos más matizada.
Cabe entonces preguntarse si el problema es la política o el relato. Porque gobernar implica necesariamente asumir contradicciones: pertenecer a la OTAN, sostener una industria de defensa, cumplir compromisos internacionales. Todo ello forma parte de la realidad de cualquier Estado moderno.
Lo discutible no es eso.
Lo discutible es presentar esa realidad bajo un lema que sugiere exactamente lo contrario.
El “no a la guerra” funciona como mensaje político porque simplifica. Reduce la complejidad a una consigna moralmente incontestable. Pero la hemeroteca, con su memoria fría, devuelve la complejidad al primer plano.
Y ahí es donde el eslogan empieza a perder fuerza.
Porque en política, a diferencia de la propaganda, el pasado siempre termina regresando. Y cuando lo hace, no pregunta: compara.
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