CRONICAS FALLERAS. UN DIA DE CASAL.
La vida en el casal durante la semana de Fallas
Si alguien quisiera entender de verdad qué son las Fallas, quizá no debería empezar por los monumentos ni por la mascletà. Debería entrar en un casal fallero durante la semana grande de marzo.
Porque es allí donde late el corazón de la fiesta.
Durante el resto del año el casal es un lugar de reuniones, de cenas tranquilas, de conversaciones que se alargan más de la cuenta. Pero cuando llega la semana de Fallas todo cambia. El casal deja de ser solo un local: se convierte en una pequeña casa abierta donde siempre está pasando algo.
Desde primera hora de la mañana ya hay movimiento.
Algunos llegan todavía con el olor de la despertà en la ropa. Otros aparecen con café en la mano o con un vaso de chocolate comentando cómo ha amanecido la falla en la calle. Poco a poco las mesas se llenan, alguien organiza lo que toca hacer ese día, otro pregunta por la hora de la mascletà.
Siempre hay algo pendiente.
Un traje fallero que ajustar, una banda que preparar, un acto al que asistir, un almuerzo improvisado que termina reuniendo a media comisión. Las puertas del casal se abren y se cierran constantemente, como si el lugar respirara al ritmo de la fiesta.
A mediodía el ambiente ya es otro.
El casal se llena de voces, de platos que van y vienen, de risas que se mezclan con el olor de la comida. Siempre hay alguien contando una anécdota, recordando una falla de hace años o comentando lo rápido que pasan estos días.
Porque todos lo sabemos.
Las Fallas duran poco.
Por la tarde el casal cambia de registro. Si las mañanas y las noches pertenecen a los mayores, hay un momento del día que tiene dueños muy claros: las tardes son de los infantiles.
En el casal se nota enseguida.
A media tarde empiezan a llegar los primeros niños, corriendo por la puerta con esa energía que solo ellos tienen. En pocos minutos el casal cambia completamente de ambiente.
Las voces se multiplican.
Las risas llenan el espacio.
El silencio desaparece.
Los infantiles convierten el casal en su territorio natural. Corren de un lado a otro, se agrupan en pequeños corrillos, inventan juegos improvisados mientras los mayores los miramos con una mezcla de paciencia y ternura.
La certeza de que la falla sigue viva porque ellos están ahí.
Pero al caer la noche, como si fuera una costumbre inevitable, todos regresamos.
Las conversaciones se cruzan entre mesas, alguien pone música, otro abre una botella, y las historias del día empiezan a contarse una y otra vez. Hay cansancio, sí, pero también una felicidad tranquila que solo aparece cuando uno está exactamente donde quiere estar.
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