CRONICAS FALLERAS: NIT DE LA PLANTÀ. LA NOCHE EN LA QUE LA FALLA TOMA VIDA.
Hay una noche en Valencia en la que el tiempo parece detenerse. No es una noche cualquiera. Es la noche de la plantà, el momento en que las fallas dejan de ser un proyecto, un dibujo o un sueño, para convertirse en un monumento vivo en medio de la calle.
Durante todo el año, los falleros han hablado de ella. Han imaginado sus formas, reunido dinero, organizado actos, rifas, cenas y reuniones. Pero es en esa noche cuando todo lo que parecía lejano se vuelve real.
Llevan días llegando piezas. Pero es al caer la tarde cuando comienzan a llegar los artistas, su equipo y por supuesto los falleros. Algunas figuras son enormes, otras delicadas. Los artistas falleros y los miembros de la comisión se mueven alrededor del monumento con una mezcla de prisa y emoción. Las grúas se elevan lentamente en la oscuridad, mientras los focos iluminan escenas que parecen sacadas de un teatro improvisado en plena calle.
Poco a poco, la falla empieza a levantarse.
La noche avanza sin que nadie mire demasiado el reloj. Hay café para mantenerse despierto, bocadillos que aparecen de alguna bolsa milagrosa, alguna cerveza que se comparte entre risas. El cansancio se mezcla con la ilusión. Los falleros trabajan, observan, comentan, ayudan, sujetan piezas, apartan escaleras, dan un paso atrás para contemplar cómo el monumento va tomando forma.
Es una noche larga, pero nadie quiere marcharse.
En algún momento cercano a la madrugada llega uno de los instantes más simbólicos: colocar el último ninot. Esa pequeña figura que completa el conjunto y que, de alguna manera, representa el final de un largo esfuerzo colectivo. Cuando se coloca, casi siempre hay aplausos espontáneos. Alguien hace una broma. Otro propone una foto delante del monumento recién terminado.
Es una escena sencilla, pero llena de orgullo.
Cuando empieza a clarear el cielo de Valencia, la falla ya está en pie. Los primeros vecinos que pasan por la calle se detienen a mirarla. Algunos falleros, con los ojos cansados pero brillantes, se quedan contemplándola en silencio.
Entonces alguien lo dice en voz alta, con satisfacción:
“Ja està plantà.”
Y en ese momento llega otra pequeña tradición: el almuerzo de la plantà. Después de toda la noche trabajando, la comisión se reúne alrededor de una mesa improvisada. Bocadillos generosos, algo de embutido, cerveza fría o café bien cargado. Se habla, se ríe y se comenta cada detalle del monumento que ahora preside el barrio.
La misión está cumplida.
Todos saben que esa obra, levantada con tanto cariño, desaparecerá en el fuego pocos días después. Pero quizá ahí reside parte de su magia. La falla nace para ser admirada… y para desaparecer.
Por eso, para un fallero, la plantà no es solo montar un monumento.
La noche en que la falla, por fin, toma vida.

Me encanta, 😍
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