CRONICAS FALLERAS. LA TARDE DE LOS https://www.viuvalencia.com/netpublisher/minfo/imagenes/5120_AYUTO.jpg

 

                                        LA TARDE DE LOS PREMIOS.



Hay un momento en las Fallas en el que la emoción se vuelve silenciosa.
No hay pólvora, ni música, ni el ruido alegre de las tracas recorriendo el barrio. Hay algo diferente: una mezcla de ilusión, nervios y una pequeña inquietud que todos intentamos disimular.
Es la tarde de premios.

Durante un año entero una falla no ha sido solo un monumento. Ha sido una idea que nació en una conversación, un boceto sobre una mesa, una ilusión compartida por muchas personas. La comisión ha trabajado para hacerla posible; el diseñador la imaginó; el artista la levantó pieza a pieza; el llibretista puso palabras a su historia. Y alrededor de todo eso han estado los falleros, empujando con su esfuerzo, su tiempo y su entusiasmo.

Por eso, cuando llega el momento de conocer los premios, lo que está en juego no es solo un número en una clasificación.

Está en juego algo más profundo.

En el casal, ese día, el ambiente se siente distinto. Las conversaciones son más cortas. Algunos miran la tele, otros el móvil esperando noticias. Otros recuerdan detalles del monumento como si quisieran convencer al destino de que lo merecemos.

Porque en el fondo todos pensamos lo mismo.

¡Nuestra falla es la mejor.!

No lo pensamos desde la arrogancia, sino desde el cariño. Desde el orgullo de haber visto cómo crecía en el taller del artista, desde las noches de reuniones, desde los comentarios admirados de los vecinos cuando se plantó en la calle.

Para cada fallero, su falla siempre tiene algo especial que las demás no tienen.

Cuando finalmente llegan los resultados, las emociones se mezclan. A veces hay alegría, abrazos, celebración. Otras veces llega ese pequeño gesto de resignación que todos conocemos: una sonrisa contenida y la frase inevitable.

“Bueno… el año que viene será.”

Porque los falleros solemos pensar que los premios nunca son del todo justos. Quizá porque en ellos es imposible medir algo que para nosotros tiene tanto valor: el esfuerzo de todo un año y la ilusión de tantas personas.

Pero con el paso de las horas, esa sensación se disuelve.

La falla sigue allí, en la calle, orgullosa y hermosa, independientemente de la posición que ocupe en una lista. Los vecinos siguen fotografiándola. Los niños la miran con los ojos abiertos de par en par. Y los falleros seguimos viéndola con el mismo orgullo con el que la vimos levantarse en la noche de la plantà.

Entonces uno entiende algo.

Que los premios son importantes, sí.
Pero no son lo que realmente define a una falla.

Lo que de verdad importa es todo lo que hay detrás: el trabajo compartido, la ilusión colectiva, el orgullo de haber creado algo juntos.

Y eso, aunque no siempre suba a un escenario ni se convierta en un banderín, es el premio que los falleros llevamos dentro desde el primer día.

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