CRONICAS FALLERAS: LA OFRENDA, UN SENTIMIENTO, UNA EMOCIONDescubre la espectacular imagen del manto floral de la Virgen de las Fallas  2025

 

Hay un momento en las Fallas de Valencia en el que el ruido desaparece por dentro, aunque fuera todo siga lleno de música, pasos y gente. 

Es la ofrenda a la Virgen de los Desamparados.



Llega después de muchos días intensos. Después de la pólvora, de las risas, del cansancio acumulado. Y, sin embargo, cuando te colocas el traje y te unes a tu comisión para iniciar el recorrido, algo cambia. El tiempo se vuelve más lento.

Nos reunimos en la puerta del Casal con mucha antelación. Aún así siempre hay nervios, prisas y carreras. A la hora indicada la Comisión arranca. Recogemos a las Falleras Mayores en sus casas y comienza el desfile.  Caminamos por las calles de Valencia en fila, acompañados por la música de la banda. El sonido es solemne, distinto. No invita a saltar ni a gritar, sino a mirar hacia dentro. A recordar.

A cada paso, la emoción crece.

Las calles están llenas de gente. Algunos miran con admiración, otros aplauden suavemente al paso de las falleras. Pero lo que más se siente es una especie de respeto compartido, como si todos entendieran que ese no es un desfile más.

Es algo íntimo.

Llevamos flores en las manos. Ramos sencillos, claveles que parecen ligeros… pero que pesan más de lo que aparentan. Porque en ellos cada uno deposita algo suyo: un recuerdo, una promesa, una emoción que quizá no sabe explicar.

Cuando te acercas a la plaza por la Calle del Micalet, el ambiente cambia aún más.

La imagen de la Virgen aparece al fondo, elevada sobre ese cadafal de madera que poco a poco se va cubriendo de flores. Miles de ramos que, uno a uno, van formando su manto. Un manto que cada año es distinto y que se revela poco a poco, como si también tuviera su propia historia que contar .

Entonces llega tu turno.

Pasas despacio llevando del brazo a tu mujer, reciosa, ataviada con su mejor vestido. Notas las miradas, la música, el murmullo de la gente en la  plaza… pero todo queda en segundo plano. Solo estás tú,  tu pareja, su ramo y ese instante.

Y cuando dejaa las flores, ocurre algo difícil de explicar.

No es un gesto grande.
No dura más que unos segundos.
Pero dentro de ti se queda.

Quizá porque la ofrenda no es solo un acto festivo. Es un acto de devoción, sí, pero también de identidad. De pertenencia a una ciudad que, durante dos días, se vuelca entera en ese camino hacia la plaza. Más de cien mil falleros repiten ese mismo gesto, uno tras otro, como si todos formaran parte de una misma historia.

Al salir de la plaza, miras hacia atrás.

Y ves cómo el pequeño ramo de tu mujer ya forma parte de algo mucho más grande. Un manto que no es solo de flores, sino de emociones compartidas. De recuerdos, de ausencias, de agradecimientos silenciosos.

Es entonces cuando lo entiendes.

La ofrenda no se explica.
Se siente.

Y quizá por eso, para muchos falleros, es el momento más íntimo de las Fallas. El instante en que la fiesta deja de ser ruido y se convierte, por unos minutos, en algo profundamente personal.

Un encuentro breve, silencioso…
entre uno mismo y aquello en lo que cree.

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