CRONICAS FALLERAS: CUANDO LAS FALLAS SE VIVEN EN LA MEMORIA
Cuando las Fallas se viven desde la memoria
Hay años en los que las Fallas se viven en la calle. Entre el ruido de la pólvora, el ir y venir del casal, las risas de los amigos y ese ritmo casi frenético que llena los días de marzo.
Y hay años, como este, en los que las Fallas se viven de otra manera.
Este año no podré estar en el casal. No podré acompañar a la comisión en los actos, ni recorrer el barrio en la despertà, ni compartir el almuerzo después de la plantà. La salud, a veces, decide por nosotros y nos obliga a detener el paso justo cuando el corazón quisiera estar en otro lugar.
Pero hay algo que he descubierto estos días: cuando uno lleva las Fallas dentro, no hace falta estar físicamente en cada momento para sentirlas.
Las Fallas no son solo los actos del calendario. Son también los recuerdos que se han ido acumulando con los años. Son las madrugadas de plantà, el temblor de la mascletà en el pecho, el olor a pólvora en las calles, las conversaciones interminables en el casal.
Todo eso sigue vivo.
Por eso he decidido escribir estas pequeñas crónicas falleras. No como quien cuenta un programa de fiestas, sino como quien abre una ventana a lo que significa realmente ser fallero. A esos momentos sencillos que muchas veces pasan desapercibidos, pero que forman el alma de la fiesta.
Tal vez este año no pueda estar allí.
Pero mientras escribo, vuelvo a caminar con la memoria por las calles del barrio al amanecer de la despertà. Vuelvo a sentir la emoción de la plantà en mitad de la noche. Vuelvo a escuchar el primer trueno de pólvora que anuncia que Valencia está de fiesta.
Es mi manera de seguir estando.
Y quizá también de recordar que las Fallas no viven solo en la calle durante unos días de marzo. Viven, sobre todo, en quienes las llevan en la memoria y en el corazón.

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