CRONICAS FALLERAS: CUANDO EL BARRIO DESPIERTA. LA DESPERTÀ
Cuando el barrio despierta
Es temprano. Muy temprano.
El cielo apenas ha empezado a aclararse y el aire de la mañana todavía conserva ese silencio frágil que solo existe antes de que el día comience. Las persianas siguen bajadas, las luces de las casas apagadas, y el barrio parece suspendido en un último instante de calma.
Pero en el casal ya hay vida.
Poco a poco llegan los primeros falleros. Algunos con el café aún en la mano, otros con esa sonrisa de quien sabe que el día que empieza no será un día cualquiera. Se saludan en voz baja, comentan la hora, miran el cielo que empieza a teñirse de azul.
Y entonces alguien enciende la primera traca.
Avanza por el barrio como una pequeña tormenta alegre. Los petardos explotan sobre el asfalto, las tracas serpentean por la calle dejando un rastro de pólvora y humo ligero. El eco rebota entre las fachadas mientras el grupo crece poco a poco.
Desde algunas ventanas empiezan a asomarse las primeras miradas soñolientas.
Alguna persiana se levanta con curiosidad. Un vecino observa desde el balcón, medio divertido, medio resignado. Otro levanta la mano en un saludo silencioso. En el fondo, todos saben lo que significa ese ruido temprano.
No importa el sueño acumulado ni la hora absurda.
Lo importante es ese momento en que el barrio empieza a despertar con los falleros.
Cuando termina, la luz del día ya se ha instalado en las calles. El silencio ha desaparecido y la vida empieza a moverse con normalidad: algún coche pasa despacio, una panadería abre sus puertas, el olor del café y del chocolate recién hechos se mezcla con el leve aroma de la pólvora.
Los falleros se reunen un momento más, comentando la mañana entre risas.
Y mientras observo el barrio ya despierto, pienso que la despertà no es solo ruido ni tradición.
Es una forma de decirle al barrio, a la ciudad y quizá también a nosotros mismos:
—¡Despertad… que las Fallas ya están aquí!
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