SERIE . "Carretera hacia el azul infinito. Cuando el viaje es la excusa"




Este no es un relato turístico.

No encontrarás aquí listas de monumentos, horarios de visita ni recomendaciones imprescindibles. Tampoco es una guía práctica de la Costa Amalfitana.

Es otra cosa.

Es la historia de un viaje que hicimos Mari Cruz y yo en junio. Un viaje en coche, con la capota bajada y el mar siempre cerca. Un viaje sin prisa. Sin demasiados planes. Sin necesidad de demostrar nada.

Con el paso de los años he entendido que los viajes cambian.
Cuando eres joven, buscas descubrir el mundo.
Cuando ya has vivido lo suficiente, buscas confirmar lo que sientes.

La Costa Amalfitana fue el escenario.
Praiano, nuestro refugio.
Capri, Ravello, Positano… nombres hermosos que aparecieron en el camino.

Pero lo verdaderamente importante no fueron los lugares.

Fue la forma de mirarnos.
La manera de caminar juntos.
Las conversaciones sin ruido.
Las manos que todavía se buscan de manera natural.

He decidido contarlo por capítulos, despacio, como se viven las cosas que importan.

Porque algunos viajes no se hacen para cambiar de paisaje,
sino para comprobar que los sueños siguen ahí… esperando volver.

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Capítulo 1.

El viaje que empieza antes de partir

Hay viajes que se planean con mapas, horarios y guías turísticas.
Y hay otros que nacen de un anhelo más profundo: el deseo de perderse.

Este era de los segundos.

La Costa Amalfitana no era solo un destino. Era una promesa. Curvas imposibles. Mar Tirreno extendiéndose como un mantel azul eterno. Pueblos suspendidos entre roca y cielo.

Pero antes de todo eso hubo una decisión importante: no queríamos olvidar.

En los últimos viajes, Mari Cruz y yo habíamos sentido esa carencia extraña: los recuerdos se volvían borrosos demasiado pronto. Lugares que se confundían. Restaurantes sin nombre. Sensaciones que el tiempo iba desgastando.

Así que compramos una libreta.

Mari Cruz se convirtió en cronista oficial del viaje. Anotaba nombres, horarios, detalles mínimos, frases textuales. Incluso mis momentos de hambre peligrosa.

Porque lo que está escrito no se pierde.

Esa libreta se convertiría, sin saberlo, en el verdadero tesoro del viaje.

Grimaldi Lines

Civitavecchia

Llegamos a Barcelona a las nueve de la noche. Nos esperaban 22 horas de travesía hasta Civitavecchia, con escala en Cerdeña.

El camarote era compacto pero acogedor: dos camas impecables, lámparas de led, armario justo y una gran ventana rectangular que prometía amaneceres.

Y el amanecer llegó.

Nos despertamos a las 5:45, como si el cuerpo supiera que algo extraordinario iba a suceder. Subimos a cubierta.

La bruma lo cubría todo.
El mar era un espejo denso.
El cielo empezó a encenderse.

Mandarina. Melocotón. Ámbar. Oro viejo.

No era un color. Era una sinfonía.

Ese amanecer justificó la travesía.

El barco llegó con retraso. A medianoche desembarcamos rumbo a Tarquinia.

Italia nos esperaba.







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