Las Fallas: lo que arde y lo que permanece
Si habeis entrado en mi perfil, habreis podido comprobar que soy valenciano, y además os digo que soy soy fallero.
Hoy es La Crida. Es el acto que marca oficialmente el inicio de las Fallas de Valencia. Se celebra el último domingo de febrero en las imponentes Torres de Serranos, uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad.
Hay quien piensa que las Fallas son ruido, pólvora y fuego.
Para mí son algo mucho más íntimo.
Son identidad.
Son pertenencia.
Son esa mezcla extraña de estruendo exterior y silencio interior que solo entiende quien ha formado parte de ellas durante años.
Las Fallas de Valencia no son solo una fiesta en el calendario. Son una forma de medir el tiempo de mi vida.
Recuerdo cuando mis hijos, siendo infantiles, fueron presidentes de nuestra falla. Los veía con su insignia en el pecho y comprendía que aquello no era un simple acto simbólico. Era el inicio de algo: responsabilidad, orgullo, aprendizaje, familia. Era verlos crecer bajo la luz de marzo.
Recuerdo con enorme nostalgia y felicidad el año 2008, cuando Mari Cruz, mi mujer, fue fallera mayor de nuestra falla. Aún hoy, cuando cierro los ojos, la veo vestida de fallera, con esa mezcla de elegancia y serenidad que solo ella sabe llevar. No era solo el traje. Era todo lo que representaba: compromiso, cariño, respeto ganado con los años. Aquel fue su año… y, de alguna manera, también el mío. Sentí un orgullo profundo, limpio, de esos que no necesitan palabras.
Y recuerdo, con un sabor más complejo, los años en los que yo fui presidente. Ser presidente no es solo ocupar un cargo. Es escuchar, decidir, mediar, sostener. Es estar cuando hay aplausos… y cuando no los hay. Es cargar con responsabilidades que casi nadie ve.
Fue un tiempo intenso. A veces duro. A veces ingrato. Pero también profundamente humano.
Con los años he entendido que las Fallas son una metáfora perfecta de la vida.
Se construyen durante meses con dedicación absoluta. Se cuida cada detalle. Se pone pasión en cada decisión. Se vive con intensidad cada acto.
Y, al final, todo arde.
La cremà siempre me ha parecido una lección silenciosa: aceptar que lo efímero no le quita valor a lo vivido. Al contrario. Lo engrandece.
Mis hijos ya no son aquellos infantiles.
Mari Cruz ya no es la fallera mayor de 2008, aunque para mí lo siga siendo en algún rincón del recuerdo.
Yo ya no soy presidente.
Pero lo que fuimos… eso no se ha quemado.
Porque las Fallas no son solo fuego.
Son memoria.
Son familia.
Son la certeza de que hay etapas que pasan, cargos que terminan y monumentos que se convierten en ceniza…pero lo que se construye con amor y entrega permanece para siempre.
En este enlace podeis ver ver el acto completo de este año:
Cierto, Manolo, preciosos recuerdos ❤️
ResponderEliminarComo dijo la FMV del año 2025, Berta Peiró: “Ser faller és la millor versió de ser valencià”
ResponderEliminarPreciosas palabras, y reales, las fallas y ser fallero/a es un sentimiento difícil de explicar
ResponderEliminarEfectivamente Manuel.
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