Del activismo cultural a la institucionalización: una reflexión necesaria

Si el primer terreno de expansión del wokismo fue el cultural, el segundo ha sido, sin duda, el institucional.

En distintos países, parte de sus postulados han ido influyendo en políticas públicas, reformas educativas y marcos legales. Y conviene aclararlo desde el principio: la cuestión no es si la ley debe promover la igualdad. Ese es un principio democrático básico, incuestionable. El interrogante surge cuando determinadas visiones ideológicas comienzan a presentarse como las únicas legítimas dentro del espacio público.

Ahí es donde el debate deja de ser debate.

Tomemos como ejemplo la discusión en torno a la identidad de género. Existen posturas que subrayan su dimensión social y cultural, y otras que enfatizan factores biológicos y científicos. La pluralidad de enfoques no debería ser un problema; al contrario, es una señal de vitalidad democrática. El conflicto aparece cuando cualquier perspectiva que no encaje en el paradigma dominante es automáticamente deslegitimada o reducida a una etiqueta moral.

Cuando disentir implica ser señalado, el pluralismo se resiente.

En universidades, medios de comunicación y espacios artísticos comienza a percibirse un fenómeno más sutil —y quizá más inquietante—: la autocensura. No siempre hay prohibiciones formales ni censura explícita. A menudo basta con la presión social, el riesgo reputacional o la posibilidad de exclusión profesional. El resultado es el mismo: el pensamiento se vuelve prudente, defensivo, calculado.

La cultura del debate se transforma en cultura del señalamiento.

Toda sociedad democrática necesita crítica constante, incluso —y especialmente— hacia las corrientes que se consideran moralmente avanzadas. Lo preocupante no es que exista una ideología con vocación transformadora. Lo preocupante es cuando esa ideología deja de admitir crítica sobre sí misma. Cuando se percibe como depositaria exclusiva de la virtud, el paso del idealismo al dogmatismo es breve.

El wokismo nació como reacción frente a estructuras percibidas como opresivas. Esa raíz explica parte de su fuerza moral. Pero toda reacción corre el riesgo de reproducir la lógica que combate si convierte su propia visión en incuestionable.

La cuestión de fondo no es si debemos aspirar a mayor justicia social. Esa aspiración es irrenunciable.

La cuestión es otra, más delicada y más profunda:

¿Puede existir justicia sin libertad de discrepancia?

Porque cuando una sociedad comienza a temer el debate, algo esencial empieza a erosionarse.

El desafío no es elegir entre conciencia social o libertad. El verdadero desafío es impedir que, en nombre de la primera, sacrifiquemos la segunda.


Comentarios

Entradas populares de este blog

SERIE: Carretera hacia el azul infinito Un viaje por la Costa Amalfitana

“Y aun así, sigo”

Las Fallas: lo que arde y lo que permanece