Autoridad moral y coherencia: lo que el debate político no puede perder
Ayer, en las noticias de las 15:00 de Telecinco, escuché a Gabriel Rufián referirse a la posible vuelta del rey emérito, Juan Carlos I, afirmando que “los delincuentes, mejor fuera que dentro”. Una frase breve, directa y diseñada para el titular.
Cada cual es libre de tener su opinión sobre la figura de Juan Carlos I. Es legítimo criticar su trayectoria y es legítimo defender que no debería regresar. Lo que ya no es tan legítimo es adoptar una posición de superioridad moral absoluta cuando el propio entorno político no está precisamente libre de episodios judiciales graves.
No se puede dar lecciones desde el tejado de cristal
El partido al que pertenece Rufián, Esquerra Republicana de Catalunya, ha tenido dirigentes condenados por los tribunales. Se podrá discutir el contexto político, la proporcionalidad de las penas o el trasfondo ideológico, pero lo que no puede discutirse es que hubo sentencias firmes.
Por eso resulta, como mínimo, contradictorio lanzar afirmaciones categóricas sobre “delincuentes” cuando en el propio espacio político existen antecedentes judiciales relevantes. Si exigimos que quien comete delitos esté “fuera”, la regla debe aplicarse sin excepciones ni matices interesados.
La coherencia no es opcional en política. Es la base de la credibilidad.
Justicia para todos, sin relato selectivo
El problema de fondo no es el debate sobre la monarquía. El problema es el uso selectivo de la indignación. Cuando la vara de medir cambia según quién sea el protagonista, el discurso pierde legitimidad.
Si creemos en el Estado de derecho, creemos en él para todos. Si defendemos la responsabilidad penal, la defendemos sin distinguir entre “los nuestros” y “los otros”. Lo contrario no es firmeza moral: es oportunismo político.
Un mínimo de responsabilidad pública
España necesita debates serios, no frases diseñadas para el aplauso inmediato de los propios. Necesita representantes que midan sus palabras y que comprendan que la autoridad moral no se proclama, se demuestra.
Antes de señalar con el dedo, conviene mirar alrededor. Y, sobre todo, mirar hacia dentro.
Porque en política, quien reparte etiquetas debería asegurarse primero de que puede hacerlo sin incurrir en una evidente incoherencia.
Pues tienes toda la razón
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