La primera frontera de la dignidad. Una reflexión sobre el lema «los derechos de las mujeres no se tocan»
Una defensa humanista del concebido no nacido
Una defensa humanista del concebido no nacido puede construirse sin recurrir a argumentos religiosos, sino apoyándose en la dignidad humana, la ética, la filosofía y los principios universales de los derechos humanos. El eje central no es una confesión de fe, sino una pregunta profundamente humana: ¿qué valor tiene una vida humana en su comienzo?
Hay debates que dividen a las sociedades porque afectan a cuestiones esenciales. El aborto es uno de ellos. Sin embargo, con demasiada frecuencia la discusión queda reducida a un enfrentamiento entre posiciones religiosas y posiciones laicistas, como si la defensa del concebido fuera patrimonio exclusivo de determinadas creencias. No lo es.
Existe una tradición humanista, filosófica y racional que permite defender la vida del concebido desde argumentos independientes de cualquier confesión religiosa. Es, precisamente, esa tradición la que merece ser recuperada.
El humanismo nació para afirmar el valor intrínseco del ser humano. Su mayor conquista fue proclamar que ninguna persona posee más dignidad que otra por razón de su fuerza, su riqueza, su inteligencia, su raza, su sexo o su utilidad social. La dignidad no se gana. No depende del reconocimiento ajeno. No aumenta con la edad ni disminuye con la enfermedad. Es inherente al hecho mismo de ser humano.
Si aceptamos este principio, surge inevitablemente una pregunta: ¿en qué momento comienza a pertenecer alguien a la comunidad humana?
La ciencia puede describir con extraordinaria precisión el desarrollo embrionario. Puede señalar cuándo aparece el latido cardíaco, cuándo comienza la actividad cerebral o cuándo el feto puede sobrevivir fuera del útero. Pero ninguna de esas fechas responde realmente a la cuestión filosófica de cuándo un ser humano adquiere dignidad. Esa respuesta pertenece a la ética.
Desde el instante de la fecundación existe un organismo biológicamente humano, con un patrimonio genético propio, distinto del de su madre y del de su padre. No es una parte del cuerpo materno como lo es un órgano; tampoco es un simple conjunto indiferenciado de células. Es un organismo vivo que dirige autónomamente su propio desarrollo, siempre que disponga del entorno adecuado.
No llegará a ser humano en el futuro. Ya pertenece a la especie humana mientras desarrolla las capacidades propias de cada etapa de su existencia.
Quienes sostienen que la dignidad aparece más tarde suelen recurrir a determinados atributos: conciencia, sensibilidad, autonomía o capacidad de razonar. Sin embargo, ninguno de esos criterios resiste una aplicación universal.
Un recién nacido carece de autonomía. Un paciente anestesiado carece temporalmente de conciencia. Una persona con una discapacidad intelectual profunda puede no desarrollar determinadas capacidades cognitivas. Un anciano con una enfermedad neurodegenerativa pierde facultades que antes poseía.
Y, sin embargo, nadie considera que por ello dejen de ser titulares de derechos.
El fundamento de la dignidad nunca ha sido la posesión efectiva de determinadas capacidades, sino la pertenencia a la familia humana. Precisamente porque las capacidades cambian a lo largo de la vida, la dignidad debe descansar sobre algo más estable.
El gran avance moral de la civilización consistió en sustituir la lógica de la utilidad por la lógica de la dignidad.
Durante siglos se negó personalidad moral a los esclavos, a determinados grupos étnicos, a las mujeres o a las personas con discapacidad. Siempre se utilizaron argumentos semejantes: carecen de ciertas capacidades, dependen de otros, no participan plenamente en la sociedad o su vida tiene menor valor.
La historia demuestra que cuando el reconocimiento de la dignidad depende de criterios funcionales, siempre aparece alguien con poder suficiente para decidir quién queda dentro y quién queda fuera de la protección jurídica.
El concebido representa precisamente el caso extremo de vulnerabilidad.
No tiene voz, ni puede defenderse, ni puede reclamar derechos. Depende completamente de otro ser humano para sobrevivir.
Y precisamente por ello constituye una prueba decisiva para cualquier ética verdaderamente humanista. Una sociedad demuestra la profundidad de sus principios no por cómo protege a los fuertes, sino por cómo protege a quienes carecen absolutamente de poder.
Esto no significa ignorar la realidad de las mujeres que afrontan embarazos difíciles. Un humanismo auténtico no enfrenta dos dignidades, sino que intenta proteger ambas.
Muchas mujeres llegan al aborto después de atravesar situaciones de abandono, miedo, pobreza, violencia o soledad. Convertir el aborto en la única respuesta social constituye también un fracaso colectivo. Defender al concebido exige igualmente defender a la madre, ofreciendo apoyo psicológico, económico, sanitario, laboral y familiar suficiente para que la libertad no sea una palabra vacía.
Una sociedad verdaderamente humanista no obliga a elegir entre dos vidas dignas de protección. Trabaja para que ambas puedan desarrollarse. Por eso el debate no debería formularse como una confrontación entre derechos absolutos, sino como un esfuerzo por ampliar la esfera de la protección humana.
El progreso moral de la humanidad ha consistido siempre en incluir, nunca en excluir. Incluimos a quienes antes eran considerados inferiores, a quienes antes no tenían derechos, a quienes eran invisibles para la ley.
Cada avance ético ha ampliado el círculo de nuestra consideración moral.
La gran pregunta de nuestro tiempo quizá sea si ese círculo debe ampliarse también hasta alcanzar al ser humano en la etapa más temprana de su existencia.
El concebido no posee fuerza política. No vota. No protesta. Tampoco escribe manifiestos. No organiza movimientos sociales. Eso sí, depende enteramente de que otros hablen en su nombre.
Tal vez esa sea precisamente la misión más noble del humanismo: recordar que la dignidad humana no comienza cuando alguien puede defender sus derechos, sino cuando existe alguien cuya humanidad reclama ser reconocida.
Porque la grandeza de una civilización no se mide únicamente por el grado de libertad que concede a los fuertes, sino también por la protección que ofrece a quienes todavía no pueden pronunciar una sola palabra.
A partir de esta idea, es conveniente centrar la crítica en las ideas y en los argumentos públicos, no en descalificaciones personales. En este caso, la tesis puede confrontar el lema «los derechos de las mujeres no se tocan» preguntándose si un derecho puede ser absoluto cuando entra en conflicto con otro bien o interés que también reclama protección. Eso permite desarrollar una crítica filosófica y jurídica sin recurrir al ataque personal. Porque los derechos no son absolutos.
Simplemente hay lemas políticos que triunfan porque son sencillos.Y uno de ellos es «Los derechos de las mujeres no se tocan».
Su fuerza reside precisamente en su simplicidad. Nadie razonable desea que se recorten los derechos de las mujeres. La igualdad ante la ley, la protección frente a la violencia, la igualdad de oportunidades, la libertad para desarrollar un proyecto de vida propio o la eliminación de cualquier discriminación constituyen conquistas irrenunciables de una sociedad democrática.
Sin embargo, precisamente porque esos derechos son demasiado importantes, conviene preguntarse si cualquier reivindicación presentada bajo esa fórmula adquiere automáticamente la condición de derecho absoluto e intocable.
La historia del pensamiento jurídico responde con claridad: no.
En un Estado de Derecho ningún derecho fundamental es ilimitado. Todos encuentran su frontera allí donde comienza otro bien jurídico digno de protección:
La libertad de expresión no ampara la calumnia.
La libertad religiosa no permite vulnerar la ley.
El derecho de propiedad admite limitaciones por interés general.
La libertad individual no autoriza causar un daño injustificado a terceros.

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