Cuando un país deja de arder por accidente y empieza a hacerlo por costumbre


Hay artículos que no buscan agradar, sino sacudir. El publicado por Juan Soto Ivars en ABC bajo el título «Los países corruptos arden mejor» pertenece a esa categoría. Comparto su tesis central porque señala una realidad incómoda: los incendios no son únicamente una consecuencia del calor, la sequía o el viento. También son el resultado de una forma de gobernar y de una forma de entender la responsabilidad pública.

Los incendios forestales comienzan con una chispa, pero las grandes catástrofes empiezan mucho antes. Empiezan cuando durante años se abandonan los montes, cuando la limpieza forestal deja de ser una prioridad, cuando la prevención pierde presupuesto frente a proyectos más rentables electoralmente y cuando la administración sustituye la planificación por la improvisación.

La naturaleza pone las condiciones. La política decide si esas condiciones terminan convirtiéndose en tragedia.

Existe una peligrosa tendencia a atribuir todos los desastres al cambio climático. Es evidente que el aumento de las temperaturas prolonga las temporadas de riesgo y multiplica la intensidad de los incendios. Negarlo sería absurdo. Pero convertir el cambio climático en explicación única también resulta una forma de ocultar responsabilidades.

Porque dos territorios pueden sufrir la misma ola de calor y obtener resultados completamente distintos. La diferencia no siempre está en el termómetro. Muchas veces está en la gestión.

Un monte limpio arde peor que uno abandonado. Un sistema de vigilancia eficaz detecta antes un foco. Una administración coordinada responde con mayor rapidez. Y un país que ha invertido durante décadas en prevención reduce enormemente el daño.

No es magia. Es política.

En España hemos desarrollado una preocupante costumbre: convertir cada tragedia en un debate ideológico. Mientras el fuego sigue avanzando, unos culpan al cambio climático, otros a los ecologistas, otros a los recortes, otros al gobierno central y otros a las comunidades autónomas y los más tontos a los toreros. La discusión pública se convierte en una batalla donde todos buscan un culpable y nadie asume una responsabilidad.

El incendio termina apagándose. La discusión, nunca. Y ese es precisamente uno de los rasgos de las sociedades que funcionan mal: el relato importa más que la solución.

La corrupción tampoco debe entenderse únicamente como el robo de dinero público. Existe una corrupción mucho más profunda y silenciosa: la corrupción de las prioridades. Es corrupción considerar que mantener un monte limpio produce menos rédito político que inaugurar una infraestructura. Es corrupción permitir que la burocracia paralice inversiones esenciales mientras se aceleran aquellas que ofrecen mayor visibilidad. Es corrupción convertir la prevención en un gasto cuando en realidad es la inversión pública más rentable.

Los países no se deterioran solamente porque algunos roben. Lo hacen porque dejan de cuidar aquello que no ofrece titulares.

Y los montes, como tantas otras cosas esenciales, rara vez ocupan portadas hasta que están ardiendo.

Lo mismo ocurre con la sanidad, con la justicia, con las infraestructuras hidráulicas o con la educación. Su degradación nunca sucede de golpe. Se produce lentamente, año tras año, hasta que un día aparece una crisis que hace visible todo lo que llevaba demasiado tiempo deteriorándose.

Entonces llegan las comparecencias. Y con ellas, promesas, las comisiones de investigación, las fotografías. Y, pasado el impacto, vuelve el olvido.

La prevención exige continuidad; la política moderna, en demasiadas ocasiones, solo recompensa la reacción.

Quizá por eso el artículo de Juan Soto Ivars resulta tan incómodo. Porque nos obliga a admitir que un incendio no solo revela la fuerza del fuego. También revela la fortaleza —o la debilidad— de las instituciones encargadas de prevenirlo.

Un país verdaderamente serio no demuestra su capacidad cuando las llamas ya han alcanzado las casas. La demuestra mucho antes, cuando nadie mira, cuando no hay cámaras y cuando la prevención todavía parece innecesaria.

Los bosques no distinguen entre gobiernos de izquierdas o de derechas. Tampoco el fuego vota. Pero sí distingue entre los países que gestionan y los que improvisan.

Y, por desgracia, la historia demuestra que los países donde la responsabilidad se diluye, donde la corrupción adopta formas visibles e invisibles y donde la política prefiere el relato a la gestión, siempre terminan ardiendo con mayor facilidad.

No porque el clima los condene. Sino porque, mucho antes de que aparezca la primera chispa, ya habían empezado a quemarse por dentro.

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