Hay frases que resumen una época entera. Y pocas describen mejor el momento político que vivimos que esta: “Es peligroso tener razón cuando el Gobierno está equivocado.”
Porque ya no estamos ante un poder que simplemente se equivoca. Eso sería humano, incluso democrático. El verdadero problema comienza cuando el Gobierno convierte su error en dogma, y cualquier voz crítica pasa automáticamente a ser un enemigo a destruir.
España atraviesa una deriva inquietante: quien cuestiona el relato oficial es señalado, ridiculizado o directamente perseguido desde el aparato político y mediático afín. No importa si los hechos terminan dándole la razón. No importa si el tiempo confirma las advertencias. Lo importante es mantener intacta la maquinaria del poder.
Lo hemos visto con la economía, con la amnistía, con la colonización de las instituciones, con la manipulación del lenguaje político y con el uso partidista de organismos que deberían servir a todos los españoles y no solo al Gobierno de turno. Primero niegan la realidad. Después insultan a quien la denuncia. Finalmente, cuando los hechos ya son imposibles de ocultar, intentan reescribir la historia.
La degradación democrática nunca llega de golpe. Avanza poco a poco, disfrazada de progreso, de tolerancia o de necesidad histórica. Empieza cuando disentir tiene coste. Cuando expresar una opinión crítica implica perder oportunidades, sufrir campañas de desprestigio o quedar marcado socialmente. Ahí es donde nace el miedo. Y el miedo siempre ha sido la herramienta favorita de los gobiernos débiles.
Porque un gobierno seguro de sí mismo acepta la crítica. La confronta. La rebate. Pero un gobierno atrapado en sus propias contradicciones necesita silenciarla. Necesita controlar el relato porque ya no puede controlar la realidad.
Lo más grave no es que existan errores políticos. Lo verdaderamente alarmante es la soberbia moral con la que se pretende imponer una única verdad oficial. Como si discrepar fuese un acto de traición y no un derecho democrático fundamental.
Hoy, en muchos ámbitos, decir lo evidente se ha convertido en un acto de valentía. Y eso debería preocupar profundamente a cualquier ciudadano, vote a quien vote.
Cuando tener razón empieza a ser peligroso, el problema nunca es quien dice la verdad.
El problema es el poder que ya no soporta escucharla.

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