El poder, la corrupción y el silencio de los socios.
España atraviesa uno de esos momentos en los que la política deja de ser relato y empieza a revelar su verdadera naturaleza. Caen las máscaras. Se desgastan los discursos. Y lo que queda ya no es ideología, sino poder.
Durante años, una parte importante de la izquierda española construyó su legitimidad sobre una idea muy concreta: la superioridad moral frente a la derecha. No bastaba con defender políticas sociales; había que representar también una supuesta limpieza ética.
La corrupción era “cosa de otros”. El PP aparecía asociado a Gürtel, Bárcenas, Kitchen, sobresueldos, comisiones y redes clientelares. Y millones de ciudadanos terminaron creyendo que existía una diferencia esencial entre bloques: unos podían equivocarse; los otros estaban moralmente contaminados.
Pero la historia tiene una costumbre devastadora: termina alcanzando a quienes convierten la moral en arma política.
Hoy España contempla cómo el entorno del poder socialista se ve cercado por investigaciones, grabaciones, adjudicaciones sospechosas y nombres que hace apenas unos años parecían intocables. El hermano, la esposa, Koldo. Ábalos. Santos Cerdán. Zapatero, Comisiones. Contratos. Intermediarios. Tráfico de influencias.
Y, de repente, el viejo discurso de la ejemplaridad empieza a resquebrajarse.
Porque cuando el poder se prolonga demasiado, los mecanismos terminan pareciéndose. Da igual el color del partido. Cambian las consignas; no siempre cambian las tentaciones.
La gran contradicción de los socios
Sin embargo, lo más revelador no es la corrupción. Lo verdaderamente revelador es la reacción de quienes sostienen al Gobierno. Porque los socios parlamentarios protestan, elevan el tono, exigen explicaciones y hablan de “gravedad”. Pero continúan sosteniendo exactamente aquello que dicen cuestionar.
Y eso demuestra una verdad incómoda: en política, el poder pesa más que la indignación.
Porque todos los partidos que mantienen vivo al Gobierno saben perfectamente lo que hay en juego:
ministerios,
influencia institucional,
presupuestos,
agenda legislativa,
cuotas territoriales,
visibilidad,
supervivencia electoral.
Nadie quiere asumir el coste de romper el tablero.
Así aparece la gran hipocresía del momento político español: se condena la corrupción en público mientras se preserva en privado la estructura de poder que permite seguir gobernando.
Las declaraciones son duras. Los hechos, mucho más suaves.
El miedo como pegamento del sistema
El actual bloque gubernamental no se mantiene unido por afinidad ideológica profunda. Se mantiene unido por miedo.
Y el miedo tiene una enorme capacidad para degradar las convicciones.
Todos dependen, de una manera u otra, de que el bloque sobreviva.
Por eso la corrupción ya no funciona como una frontera moral infranqueable. Funciona como una incomodidad gestionable.
Mientras el equilibrio de poder siga siendo útil, el sistema resistirá.
Cuando la corrupción deja de destruir gobiernos
Y aquí aparece quizá el dato más inquietante de la España actual.
La corrupción ya no provoca automáticamente una ruptura política. Produce desgaste, ruido mediático, cinismo… pero no necesariamente consecuencias.
La ciudadanía escucha cada semana palabras que antes habrían provocado una crisis institucional devastadora:
comisiones,
amaños,
informes de la UCO,
informes de la UDEF,
enchufes,
contratos irregulares,
intermediarios,
mordidas,
colocaciones.
Y, aun así, el sistema continúa funcionando.
¿Por qué?
Porque el eje moral ha sido sustituido por el eje tribal.
Ya no se vota tanto “a favor” de alguien. Se vota “contra” el otro.
Y cuando una sociedad entra en esa dinámica emocional, la corrupción deja de ser decisiva. El votante empieza a justificar a los suyos con el mismo fanatismo con el que antes criticaba al rival.
La ética desaparece. Solo queda el bloque.
El deterioro silencioso
Pero el mayor peligro no es un caso concreto ni un nombre concreto. El verdadero deterioro comienza cuando un país normaliza que el poder jamás asumirá responsabilidades reales mientras conserve mayoría suficiente para resistir.
Ahí nace el cinismo colectivo. Cuando el ciudadano deja de creer en la regeneración. Empieza a asumir que todos acabarán funcionando igual. Y cuando eso ocurre, la democracia entra en una fase mucho más peligrosa que la simple corrupción: la resignación.
Porque una sociedad resignada ya no exige ejemplaridad. Solo elige bando.
Y un sistema donde el miedo al adversario pesa más que la limpieza institucional termina convirtiendo la política en una lucha descarnada por conservar el poder a cualquier precio.
Ese es el verdadero problema de España hoy.
No solo la corrupción.
Sino la creciente sensación de que demasiados actores políticos han decidido que mantener el poder es más importante que preservar la confianza en el sistema.
Lo más preocupante de esto es que hay quien no lo ve o no lo quiere ver. Y como escribiste en un post anterior, da toda la sensación de que España se ha rendido…
ResponderEliminarEfectivamente, aunque lo más inquietante no es la corrupción. La corrupción ha existido siempre. Se combate con la ley.
EliminarLo verdaderamente grave es la resignación de la sociedad.
Que millones de personas hayan empezado a asumir que nada cambia, que todos son iguales y que el poder siempre acaba protegiéndose a sí mismo. Ahí es donde una democracia empieza a deteriorarse de verdad.
España da la sensación de haberse acostumbrado al escándalo permanente:
comisiones, enchufes, pactos contradictorios, cesiones de poder, manipulación partidista… y aun así todo sigue adelante como si nada fuese suficiente para provocar una reacción colectiva.
Una parte de la sociedad ya no defiende principios. Defiende siglas. Y cuando el voto se convierte en un acto de fidelidad ciega, la exigencia democrática desaparece.
El problema no es solo que algunos no lo vean. Es que muchos han decidido dejar de mirar para no cuestionar el relato en el que llevan años creyendo.
Y una sociedad que deja de exigir responsabilidad al poder termina aceptando cualquier cosa.