La tentación de tener razón
Hay algo inquietante en la defensa de la razón cuando se vuelve urgente. Algo que empieza siendo una llamada a la cordura termina, a veces, convertido en un gesto de impaciencia. Como si la prisa por ordenar el mundo empujara a quien argumenta a levantar la voz más de lo necesario.
Vivimos tiempos en los que el ruido ha sustituido al diálogo. Esto parece evidente. Se grita más de lo que se escucha, se descalifica más de lo que se razona. Frente a ese paisaje, reivindicar el valor de los argumentos no solo es legítimo, sino necesario. Pero en esa defensa se esconde una trampa sutil: la de creerse inmune a aquello que se critica.
Porque la degradación del debate no siempre llega disfrazada de insulto explícito. A veces adopta formas más elegantes. Puede aparecer en el tono de superioridad, en la ironía que no busca abrir sino cerrar, en la convicción íntima de que uno no solo tiene argumentos, sino que posee la verdad.
Y ahí es donde la razón empieza a parecerse peligrosamente a aquello contra lo que lucha.
No hace falta gritar para dejar de escuchar. Basta con estar demasiado seguro de uno mismo.
La paradoja es incómoda: quienes denuncian el empobrecimiento del debate pueden contribuir, sin querer, a ese mismo empobrecimiento si convierten sus argumentos en trincheras. Si dejan de entender el desacuerdo como una oportunidad y lo perciben como una amenaza. Si pasan de defender ideas a defenderse a sí mismos.
Quizá el problema no sea solo el ruido, sino la relación que mantenemos con la certeza.
Tener razón es una tentación poderosa. Ordena el mundo, da seguridad, protege del vértigo de la duda. Pero también puede endurecer la mirada, volver innecesaria la escucha y transformar el diálogo en un escenario donde no se busca comprender, sino vencer.
La democracia —como la conversación— no se sostiene sobre la victoria, sino sobre la posibilidad de matizarla.
Tal vez la verdadera defensa de los argumentos no consista en imponerlos, sino en mantenerlos abiertos. En sostenerlos con firmeza, sí, pero también con la humildad suficiente como para permitir que cambien.
Porque la razón, cuando se cierra, deja de ser razón. Y se convierte, simplemente, en otra forma de ruido.
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