Fernando Onega: Voz serena y cronista elegante
Hay periodistas que narran la actualidad y otros que, sin proponérselo, terminan escribiendo fragmentos de la memoria de un país. Fernando Ónega pertenecía a esa estirpe poco común: la de los cronistas capaces de poner palabras precisas a los momentos en que la historia parece detenerse un instante para ser contada.
Durante décadas acompañó la vida pública española con una prosa clara, serena, casi conversada, como quien sabe que el periodismo, cuando es honesto, no necesita estridencias para perdurar.
Para mí, además, su nombre guarda una resonancia íntima. En una ocasión escribió una carta dedicada a Segorbe, mi ciudad natal. Quizá fue solo una página entre muchas, pero para quienes llevamos ese lugar en la memoria, tuvo el valor de un gesto cercano, casi de complicidad con la tierra que nos vio nacer.
Hoy quiero recordarlo desde este rincón humilde de palabras.
Porque hay voces que, cuando se apagan, dejan sin embargo encendida la luz de lo que contaron.
Descanse en Paz:
"Aquí estoy, Segorbe.
A 420 kilómetros de distancia.
Aquí estoy: cierro los ojos para recordarte, porque solo dos veces pisé tus calles.
Una, atraído por una especie de imán cuando vi tu nombre en la carretera: Segorbe. Y me trajo lejanas resonancias históricas.
¿Eras acaso la vieja Segóbriga de la leyenda celtibérica, romana, visigoda, también árabe, de la que hablaban las guías turísticas? Si lo eras… Y eras también el nombre que había visto en las crónicas de la guerra carlista.
Te miré y te contemplé arriba, dominante sobre el valle del Palancia: griega, mirando al cielo, coronada de piedra y con la aureola del mito; con vocación o memoria de castillo, con la muralla visible, con torre de catedral. Aquel día descubrí poco más que tu silueta. Quizá el sabor de la nadaleta de pinta roja, quizá ese invento tuyo de los dulces de boniato, quizá un caldo de San Mateo. Y me sentí atrapado.
Después he regresado. Tenía que volver a Segorbe, porque había vuelto a tropezar contigo en los libros de Los pueblos más hermosos. Tenía que conocerte más, porque había que estar en un pueblo que, teniendo menos de ocho mil habitantes, es capaz de presumir de una veintena de tesoros monumentales: el gótico de la catedral, el barroco de San Joaquín y Santa Ana, tus huellas prehistóricas, tus palacios, las casas señoriales, las marcas de tantas guerras que se fijaron en ti, tus torres de la Cárcel y del Verdugo.
Y entré en ti, en las calles estrechas de tu zona medieval, serpenteando en torno al hospital, y pasé por debajo del arco de la Verónica —¿se llama así, verdad?, arco de la Verónica—. Respiré tradición en la Plaza de las Almas. ¡Qué nombre, Segorbe! Plaza de las Almas, Plaza del Agua Limpia, Plaza de la Cueva Santa. Y aquel cartelón que reza: “Centro Republicano Cultural y Recreativo”. No he visto otro igual en España. Si lo mantenéis, tenéis que invitar a Julio Anguita.
Pero hay más, Segorbe, mucho más. Adivino una mezcla de nobleza y sencillez de alma campesina en cada una de tus casas.
Descubrí tu blasón de un ángel y una fortaleza, conté los arcos de tu puente nuevo, subí el paseo de Sopeña, me acerqué a la ermita de la Esperanza, vi la Sierra Calderona desde la Glorieta, y subí al cerro del castillo para sentirme emperador del Palancia. Arriba el fuerte, abajo el río y las masías salpicadas por el llano, como sembradas, como referencias de vida.
Y me he quedado con ganas de ver la Entrada de Toros, o las honras a San Antón. Y todas las fuentes de las que me hablaron: aquella de cincuenta caños, una por cada provincia española. Lo pregunté: ¿de dónde salen tantas fuentes? Y alguien me respondió: “Las fue repartiendo Dios, señor, para que se pareciese a un jardín”.
Yo, a esta distancia insalvable para pobres —a poco más de 400 kilómetros—, doy fe. Doy fe, como un notario, de que Segorbe es así: un poco creída de guapa que se contempla; un algo soberbia, de tanto dominar la vega; un mucho romántica, de tanto recogerse en sus plazas.
Un resumen de historia: aquí un claustro, allí un campanario, allá un recuerdo de sede episcopal, más allá la memoria de una batalla, aquí el cuartel general del ejército republicano.
Arriba el cielo, y ahí abajo, como un desafío al tiempo, como un empuje al porvenir.
Tendría que decir: mi Segorbe eterno".
Fernando Onega (2014).
Podeis ver en video en el siguiente enlace:
https://www.youtube.com/watch?v=ZhilHjtAUMk
No tenía conocimiento de esa carta a Segorbe. Maravillosa como todas las que escribía! DEP Fernando
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