Si el algoritmo lo permite. Una nueva ortodoxia

¿Quién decide hoy lo que puede decirse y lo que debe callarse? 

El wokismo —al que ya me referí en mis primeros artículos— no es sino la actualización estética de antiguas pulsiones totalitarias de la izquierda, adaptadas al lenguaje del siglo XXI. No estamos ante una simple corriente cultural pasajera, sino ante una doctrina que aspira a convertirse en marco moral obligatorio.

Se presenta como progreso, pero actúa como ortodoxia. Y toda ortodoxia necesita herejes.

Hoy, cuestionar el discurso dominante, contrastar datos o ejercer el pensamiento crítico ya no es visto como una práctica democrática saludable, sino como un acto de sospecha. Disentir se convierte en provocación. Pensar por cuenta propia, en insumisión.


Quienes abrazan esta ideología se han atribuido el papel de árbitros morales. Sin legitimidad democrática específica y sin otro aval que su autoproclamada superioridad ética, deciden qué es aceptable y qué merece censura. Son los nuevos guardianes de la verdad. Delimitan el bien y el mal. Redefinen conceptos como odio, tolerancia o libertad. Y lo hacen desde una posición que no admite réplica.

En esta lógica, la advertencia es clara: todo vale, si el algoritmo lo permite.


El mecanismo es reconocible. Basta expresar una opinión incómoda —criticar al gobierno, señalar contradicciones o disentir del relato oficial— para activar la descalificación automática.


En el debate público aparece la etiqueta que invalida cualquier argumento: “fascista”. Una palabra convertida en arma arrojadiza, frecuentemente desprovista de rigor histórico, pero eficaz para deshumanizar al adversario.


En el entorno digital, el proceso es más frío y más eficaz: bloqueos, restricciones, pérdida de visibilidad. Las redes sociales actúan como tribunales sin rostro donde se ejecutan sentencias sin defensa posible. El algoritmo premia la adhesión y penaliza la discrepancia y pone en marcha la maquinaria de la cancelación.


Pero lo preocupante no es solo la censura de opiniones. Es también la indulgencia automática hacia los errores propios. Se pone de evidencia una moral selectiva: Casos de corrupción relativizados. Desigualdades reales maquilladas con retórica social. Contradicciones evidentes justificadas por pertenecer al “lado correcto”. La vara de medir no es el principio, sino la identidad del autor.

Cuando la moral se vuelve selectiva, deja de ser moral y se convierte en herramienta.


Así pues, asistimos a un endurecimiento progresivo del discurso institucional, a un estrechamiento del debate.  Bajo el pretexto de proteger a la sociedad, se restringen márgenes de expresión y se vigila el lenguaje como si fuera delito potencial.


El problema no es que exista una ideología más —eso es consustancial a la democracia— sino que aspire a convertirse en la única moral legítima.


La pluralidad no se gestiona eliminándola.


En definitiva, la historia enseña que cuando una corriente ideológica percibe que pierde terreno cultural, no siempre opta por la autocrítica. A menudo intensifica los mecanismos de control. Por eso conviene no confundirse.


Ninguna ideología que pretenda monopolizar la verdad fortalece la democracia.


La democracia vive del contraste, del desacuerdo civilizado y de la protección del discrepante.


Recordarlo no es alarmismo. Es responsabilidad cívica.



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