Hay canciones que no elijo escuchar.
Me ocurre con La saeta, en la voz de Joan Manuel Serrat. No importa cuántas veces la haya oído. Siempre sucede lo mismo: llega un momento —no sé si es un verso, una pausa o simplemente la forma de decirlo— en el que algo se me quiebra por dentro.
Y aparece ese nudo en la garganta.
No es tristeza, o no solo. Tampoco es nostalgia, aunque algo de eso haya. Es una emoción más difícil de explicar, como si la canción tocara un lugar al que no sé llegar con palabras.
Quizá tiene que ver con la letra. Con esa forma de mirar lo sagrado desde lo humano. Con esa necesidad de apartar lo distante, lo intocable, y acercarlo a la vida, al dolor, al camino. Hay algo profundamente honesto en ese gesto, algo que me interpela sin pedir permiso.
Serrat no canta “La saeta”. La sostiene. La respeta. Hay en su voz una contención que emociona más que cualquier desgarro. Como si entendiera que hay cosas que no se pueden gritar, que solo se pueden rozar.
Y ahí es donde me alcanza.
Porque en ese espacio —entre lo que se dice y lo que se calla— aparece algo mío. Algo que no siempre sé nombrar. Recuerdos, quizá. Preguntas. O simplemente esa sensación de que la vida es más honda de lo que dejamos ver cada día.
Por eso no la escucho a menudo. Porque sé que no saldré igual que entré. Porque sé que, durante unos minutos, voy a estar más cerca de algo verdadero… y eso, aunque hermoso, también pesa.
Pero cuando vuelve, la dejo.
Y eso —en estos tiempos— ya es mucho.
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